30/09/2026
La cascarilla y las tortas fritas
Hay recuerdos que no necesitan fotografías para volver. Basta con sentir un aroma, escuchar el crepitar de un fuego o ver una olla negra de hollín para que, de repente, uno vuelva a ser chico.
En el patio de tierra de nuestras casas, el fogón era mucho más que un lugar para cocinar. Era parte de la vida.
Allí, sobre el fuego de leña, mamá ponía la sartén de hierro y comenzaba a preparar las tortas fritas. La masa, sencilla y hecha con lo que había en la casa, pasaba de sus manos a la sartén y, apenas tocaba la grasa caliente, comenzaba ese sonido inconfundible de la fritura.
El aroma se mezclaba con el humo del fogón y se extendía por todo el patio.
Nosotros esperábamos cerca, mirando cómo se doraban.
Una, otra y otra más.
Y aunque mamá siempre decía:
—Esperen, que están calientes.
Alguna desaparecía antes de llegar a la fuente.
Porque una torta frita recién hecha, todavía calentita, era imposible de resistir.
Y después estaba la cascarilla
En aquellos tiempos, preparar una taza de cascarilla tenía algo especial. Se ponía a calentar el agua sobre el fogón y el aroma del cacao comenzaba a perfumar la cocina y el patio. No hacía falta mucho para convertir una tarde sencilla en un momento especial.
Tortas fritas, cascarilla y una charla alrededor del fuego.
Eso era todo.
No había grandes lujos, pero había algo que hoy muchas veces nos cuesta encontrar: tiempo para estar juntos
El fogón permanecía encendido mientras caía la tarde. La leña crepitaba, alguna brasa se desprendía y quedaba brillando entre las cenizas. El humo subía lentamente y se perdía entre las ramas de los árboles.
Y mientras nosotros comíamos aquellas tortas fritas, quizás sin darnos cuenta, estábamos guardando uno de esos recuerdos que muchos años después se vuelven tesoros.
Hoy podemos comprar cualquier cosa en una panadería, preparar una bebida en pocos minutos y tener una cocina llena de comodidades.
Pero hay sabores que no vuelven.
Porque aquellas tortas fritas no llevaban solamente harina, grasa y sal.
Llevaban las manos de mamá, el calor del fogón, el patio de tierra, la leña, la cascarilla y el cariño de una familia que, aun teniendo poco, sabía compartir lo que tenía.
Y quizás por eso, cada vez que siento el aroma de una torta frita recién hecha, cierro los ojos y vuelvo por un instante a aquel patio.
Vuelvo a ser aquel chico.
Y allí está mamá, junto al fogón, dando vuelta las tortas fritas mientras la cascarilla humea en la taza.
Y por un momento, todo vuelve a estar como antes.