Las fiestas de mis pueblos

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Las fiestas de mis pueblos
Reseña: recordar nuestra niñez, los sabores, los aromas, las tradiciones, las comidas, el clima, y no olvidar a aquellas personas que pasaron por nuestras vidas y hoy ya no están.

La cascarilla y las tortas fritasHay recuerdos que no necesitan fotografías para volver. Basta con sentir un aroma, escu...
30/09/2026

La cascarilla y las tortas fritas

Hay recuerdos que no necesitan fotografías para volver. Basta con sentir un aroma, escuchar el crepitar de un fuego o ver una olla negra de hollín para que, de repente, uno vuelva a ser chico.

En el patio de tierra de nuestras casas, el fogón era mucho más que un lugar para cocinar. Era parte de la vida.

Allí, sobre el fuego de leña, mamá ponía la sartén de hierro y comenzaba a preparar las tortas fritas. La masa, sencilla y hecha con lo que había en la casa, pasaba de sus manos a la sartén y, apenas tocaba la grasa caliente, comenzaba ese sonido inconfundible de la fritura.

El aroma se mezclaba con el humo del fogón y se extendía por todo el patio.

Nosotros esperábamos cerca, mirando cómo se doraban.

Una, otra y otra más.

Y aunque mamá siempre decía:

—Esperen, que están calientes.

Alguna desaparecía antes de llegar a la fuente.

Porque una torta frita recién hecha, todavía calentita, era imposible de resistir.

Y después estaba la cascarilla

En aquellos tiempos, preparar una taza de cascarilla tenía algo especial. Se ponía a calentar el agua sobre el fogón y el aroma del cacao comenzaba a perfumar la cocina y el patio. No hacía falta mucho para convertir una tarde sencilla en un momento especial.

Tortas fritas, cascarilla y una charla alrededor del fuego.

Eso era todo.

No había grandes lujos, pero había algo que hoy muchas veces nos cuesta encontrar: tiempo para estar juntos

El fogón permanecía encendido mientras caía la tarde. La leña crepitaba, alguna brasa se desprendía y quedaba brillando entre las cenizas. El humo subía lentamente y se perdía entre las ramas de los árboles.

Y mientras nosotros comíamos aquellas tortas fritas, quizás sin darnos cuenta, estábamos guardando uno de esos recuerdos que muchos años después se vuelven tesoros.

Hoy podemos comprar cualquier cosa en una panadería, preparar una bebida en pocos minutos y tener una cocina llena de comodidades.

Pero hay sabores que no vuelven.

Porque aquellas tortas fritas no llevaban solamente harina, grasa y sal.

Llevaban las manos de mamá, el calor del fogón, el patio de tierra, la leña, la cascarilla y el cariño de una familia que, aun teniendo poco, sabía compartir lo que tenía.

Y quizás por eso, cada vez que siento el aroma de una torta frita recién hecha, cierro los ojos y vuelvo por un instante a aquel patio.

Vuelvo a ser aquel chico.

Y allí está mamá, junto al fogón, dando vuelta las tortas fritas mientras la cascarilla humea en la taza.

Y por un momento, todo vuelve a estar como antes.

Los tarritos de papá¿Qué tal si hablamos de estos tarritos?Más de uno, al ver estas cosas, podría decir que no está bien...
30/09/2026

Los tarritos de papá

¿Qué tal si hablamos de estos tarritos?

Más de uno, al ver estas cosas, podría decir que no está bien romantizar la pobreza. Y puede ser que tenga razón en algo: la pobreza no debe romantizarse, porque hubo necesidades, carencias y momentos difíciles que solamente quienes los vivimos sabemos lo que significaron.

Pero también digo algo:

¿Qué saben los demás de nuestras penas y de nuestras alegrías?

¿Qué saben de todo lo que fuimos capaces de hacer con tan poco?

Porque aquellos tarritos, que hoy pueden parecer una cosa sin importancia, para nosotros fueron mucho más que simples recipientes.

Con ellos se hacían varias cosas, pero eso lo voy a dejar para otra historia. Hoy quiero hablar de lleno de esos baldes que papá hacía con tanta paciencia.

La mayoría de las latas no eran nuestras.

Eran latas que habían servido para contener aceite y que, una vez vacías, podían tener una segunda vida. Algunas, de vez en cuando, eran nuestras, pero muchas llegaban gracias a la generosidad de dos hombres del pueblo.

Uno era don Ignacio, que tenía un comedor a la salida del pueblo.

El otro era don Pancho Ramírez, dueño del almacén que estaba en una de las esquinas frente a la plaza, sobre la misma calle donde estaba la casa de don Juan Altamirano, dueño de la carbonera San Julián.

Así llegaban aquellas latas hasta nuestras manos.

Y después aparecía papá.

Con toda su paciencia, las limpiaba, las acomodaba y comenzaba su trabajo. Les sacaba aquello que podía lastimarnos, les daba forma y, poco a poco, las convertía en unos tarritos que para nosotros tenían un valor enorme.

Papá tenía esa capacidad.

Donde otros veían una lata vacía, él veía algo que todavía podía servir.

Nosotros vivíamos alejados del pueblo y teníamos algunas ventajas que eran propias de la vida de campo. Criábamos animales y teníamos buenas huertas. La tierra nos daba muchas cosas y nosotros trabajábamos para conseguirlas.

Pero había algo que siempre nos hacía sufrir:

el agua.

Cuando llovía, juntábamos toda la que podíamos.

Cada lluvia era una bendición.

Se llenaban los recipientes y uno sentía el alivio de saber que por un tiempo habría agua suficiente para la casa, para los animales y para las necesidades de todos los días.

Pero cuando venía la seca, la historia era otra.

El agua empezaba a faltar y entonces cada gota valía.

Hasta que, gracias a Dios, los hacendados y los dueños de las carnicerías hicieron el matadero.

Y allí apareció una posibilidad que para nosotros significó muchísimo.

Agua.

No siempre era fácil, porque el agua de perforación muchas veces solía ser salada. Pero había un hombre, el Negro Lugo, que tenía una facilidad increíble para encontrar agua dulce.

Primero observaba los arbustos que crecían en determinados lugares.

Y después hacía algo que, visto hoy, parece casi mágico.

Tomaba una horqueta de palo y caminaba lentamente.

Cuando encontraba agua, aquella horqueta comenzaba a temblarle entre las manos.

Y allí marcaba.

Agua dulce.

No sé si era ciencia, intuición, experiencia o alguna de esas cosas que solamente algunas personas parecen llevar en las manos.

Pero lo cierto es que muchas veces acertaba.

Y para nosotros eso significó solucionar uno de los problemas más grandes que teníamos.

Entonces aparecían nuestros tarritos.

Los cargábamos y nos íbamos a buscar agua.

Hoy puede parecer una escena sencilla: unos chicos llevando unos baldes para traer agua.

Pero para nosotros era parte de la vida.

Y aquellos tarritos, hechos por las manos de papá con latas que otros ya no necesitaban, terminaron siendo una herramienta fundamental.

Por eso, cuando alguien mira una de esas latas y solamente ve un tarro viejo, yo veo otra cosa.

Veo a papá trabajando con paciencia.

Veo las manos de quienes nos regalaron aquellas latas.

Veo el camino hasta el pueblo.

Veo la huerta, los animales y nuestra casa alejada.

Veo los días de lluvia en los que juntábamos agua y también recuerdo los tiempos de seca, cuando cada viaje para buscarla tenía un verdadero sentido.

Y sobre todo veo una familia que, con poco, trataba de salir adelante.

No quiero romantizar la pobreza.

Quiero rescatar la dignidad con la que la vivimos

Porque una cosa es tener poco...

Y otra muy distinta es no saber qué hacer con lo poco que se tiene.

Papá sabía.

Sabía reparar, transformar, guardar, aprovechar.

Y nosotros aprendimos mirando.

Aquellos tarritos no eran solamente latas.

Eran parte de nuestra historia.

Y como tantas cosas de aquella infancia, hoy vuelven a mí convertidos en recuerdos que tienen un valor que ningún objeto nuevo podría tener.

Porque fueron hechos con las manos de papá.

Y cuando algo lleva las manos de un padre, con el tiempo deja de ser una cosa.

Se convierte en memoria.

El galpón de papáDel galpón de papá recuerdo las latas llenas de clavos viejos, muchos de ellos oxidados, que él enderez...
30/09/2026

El galpón de papá

Del galpón de papá recuerdo las latas llenas de clavos viejos, muchos de ellos oxidados, que él enderezaba con una paciencia que parecía no tener fin. Allí había alguna pinza, un destornillador, una tenaza, martillos y quién sabe cuántas herramientas más. También había un montón de cosas viejas que, para cualquiera, ya no servían para nada.

Pero para papá, casi todo podía tener una segunda oportunidad.

Si algo no se podía arreglar, no se tiraba.

Se desarmaba.

Y de aquello que ya no servía, alguna pieza podía quedar guardada para convertirse, algún día, en el repuesto de otra cosa.

Ese era su mundo.

Ese galpón era su lugar.

Allí podía pasar horas enteras, rodeado de herramientas, fierros, maderas, tornillos y objetos que parecían esperar pacientemente que papá encontrara la manera de devolverles la vida.

Los domingos, el galpón era casi una prolongación de la casa.

Por la mañana, mientras afuera el día comenzaba a calentarse, papá se instalaba allí para escuchar las carreras de autos. La radio acompañaba sus movimientos y, entre el ruido de los motores que llegaba desde aquel pequeño aparato, que el mismo arreglo para tener ahi en su galpon, se escuchaba de vez en cuando el tintinear de una herramienta contra otra.

Después venía la tarde y cambiaba el programa.

Llegaba el fútbol.

Y papá seguía allí, sentado o trabajando, con la radio cerca, atento a cada relato, mientras sus manos continuaban ocupadas en alguna reparación.

Yo creo que en ese galpón papá encontraba algo más que un lugar para trabajar.

Encontraba tranquilidad.

Era su refugio, su taller, su rincón del mundo.

Todavía puedo imaginarlo allí, concentrado, buscando una pinza, acomodando una herramienta, revisando una pieza o intentando enderezar aquel clavo que otro habría tirado sin pensarlo dos veces.

Y estaban los olores.

¡Cómo olvidar esos olores!

El olor del tabaco de papá, mezclado con el de la creolina y el querosene. Olor a madera, a fierro, a tierra, a herramientas viejas y a tantas cosas que formaban parte de su vida.

Hoy, cuando pienso en aquel galpón, me doy cuenta de que no era solamente un lugar lleno de cosas viejas.

Era una parte de papá.

Allí estaba su paciencia, su manera de aprovechar lo que tenía, su costumbre de reparar antes que tirar, de guardar antes que desperdiciar.

Tal vez sin saberlo, también nos estaba enseñando algo.

Que las cosas merecen una oportunidad.

Que lo que parece viejo todavía puede servir.

Que a veces, antes de tirar algo, hay que mirarlo un poco más, desarmarlo, entenderlo y buscarle otra utilidad.

Y quizá eso también era papá con la vida.

Un hombre que sabía arreglar las cosas con paciencia.

Que no se quejaba demasiado.

Que buscaba la manera.

Y que, aun cuando algo parecía perdido, siempre encontraba alguna forma de seguir adelante.

Por eso, cuando recuerdo aquel galpón, no veo solamente latas con clavos oxidados, herramientas y repuestos.

Veo a papá.

Lo veo sentado, escuchando la radio, con el olor a tabaco en el aire, mientras afuera pasaban las horas de aquel domingo.

Y entonces entiendo que hay lugares que uno cree que eran solamente lugares...

Hasta que pasa el tiempo.

Y descubre que allí, entre una pinza, un destornillador, un clavo enderezado y una vieja radio, estaba guardada una parte enorme de nuestra infancia.

Los lunes eran de sopa y pucheroDespués de aquellos domingos en el campito del abuelo, llenos de asado, tortas fritas, j...
22/09/2026

Los lunes eran de sopa y puchero

Después de aquellos domingos en el campito del abuelo, llenos de asado, tortas fritas, juegos y reuniones familiares, llegaba el lunes.

Y en nuestra casa, los lunes tenían un sabor muy particular.

Los lunes eran de sopa y puchero.

Y digo sopa y puchero porque había una regla que en casa era sagrada:

primero había que tomar la sopa y después venía el puchero.

Mamá no aceptaba discusiones.

Podíamos hacer alguna cara de disgusto, mirar el plato como si fuera nuestro peor enemigo o tratar de demorarnos todo lo posible, pero la orden estaba dada.

—Primero la sopa.

Y no había escapatoria.

Había que tomarla.

Después, recién después, llegaba el premio.

El puchero.

Y ahí la cosa cambiaba.

Porque el puchero de mamá era otra historia.

Ella lo preparaba con costillas, y ese detalle le daba un sabor especial al caldo. La carne se cocinaba lentamente y el aroma comenzaba a recorrer toda la casa.

Desde lejos ya sabíamos qué había para comer.

No hacía falta que mamá nos avisara.

El olor llegaba antes que ella.

Y entre todos los ingredientes había uno que para nosotros era infaltable:

el choclo.

Ese choclo cocinado junto con la carne y las verduras tenía un sabor que todavía recuerdo.

Mamá sabía hacer de una comida sencilla un verdadero banquete.

Primero aparecía aquella sopa caliente.

Y mientras nosotros protestábamos un poco por la obligación de tomarla, mamá seguramente pensaba que estaba haciendo lo correcto.

Porque las madres de aquella época tenían sus propias reglas.

Y una de ellas era que los chicos tenían que comer.

Después de la sopa llegaba el momento que todos esperábamos.

La fuente del puchero aparecía sobre la mesa.

Las costillas.

Las verduras.

El choclo.

Y todo ese sabor que había quedado concentrado después de cocinarse lentamente.

Entonces sí.

Ahí nadie protestaba.

Lo que antes parecía una obligación se convertía en un verdadero placer.

Comíamos todos juntos.

Y seguramente mamá miraba satisfecha cómo sus hijos terminaban los platos.

Hoy, muchos años después, entiendo que aquella sopa que nosotros tomábamos casi por obligación era también una forma de amor.

Mamá quería que estuviéramos alimentados.

Quería vernos crecer fuertes.

Y aunque nosotros en ese momento solamente pensábamos en llegar rápido al puchero, ella ya sabía algo que nosotros tardaríamos muchos años en comprender:

que cuidar también es cocinar, insistir y hasta obligar a un hijo a tomarse un plato de sopa.

Hoy extraño aquellos lunes.

Extraño el olor del puchero.

Extraño las costillas cocinándose lentamente.

Extraño el choclo.

Extraño aquella mesa llena de hijos.

Y, sobre todo, extraño escuchar a mamá decir:

—Primero la sopa.

Si pudiera volver atrás por un instante, creo que esta vez no protestaría.

Me sentaría frente a aquel plato, tomaría la sopa despacio y después esperaría mi porción de puchero.

Porque ahora sé que aquel plato no era solamente comida.

Era mi mamá cuidándonos.

Era nuestra casa.

Era nuestra infancia.

Y era otra de esas pequeñas cosas que en aquel momento parecían tan normales y que hoy, con el paso de los años, se convierten en recuerdos enormes.

Porque al final, uno termina entendiendo que la felicidad muchas veces estaba servida en una mesa humilde, dentro de un plato humeante de sopa, esperando que mamá dijera:

—Ahora sí, pueden comer el puchero.

Los domingos eran tierra del abueloLos domingos no había dudas.Los domingos eran tierra del abuelo.Todos íbamos a su cam...
20/09/2026

Los domingos eran tierra del abuelo

Los domingos no había dudas.

Los domingos eran tierra del abuelo.

Todos íbamos a su campito. Grandes y chicos, hijos, nietos, yernos, nueras, tíos y tías. Éramos tantos que, cuando estábamos todos juntos, fácilmente llegábamos a ser unos cuarenta.

Y aquello era una fiesta.

No hacía falta que fuera un cumpleaños ni que hubiera una ocasión especial.

Era domingo.

Y eso alcanzaba.

Los asados del abuelo y la crema de leche con maicena de la abuela fueron, durante muchos años, un verdadero mimo al alma

A medida que íbamos llegando, la abuela ya tenía preparado el desayuno.

Nos esperaba con mate cocido y tortas fritas.

Pero había algo que ella disfrutaba especialmente: que sus nietos comieran las tortas fritas calentitas.

Por eso, a medida que llegábamos, preparaba una nueva tanda.

La grasa comenzaba a calentarse y enseguida aparecía ese aroma que para nosotros significaba que habíamos llegado al lugar correcto.

La abuela sacaba las tortas fritas doraditas y nosotros no dábamos tiempo a que se enfriaran.

¡Qué manera de disfrutar aquellos desayunos!

Mientras tanto, el abuelo tenía su propia estrategia.

La parrilla era su manera de atraer a los hombres.

Allí estaban sus hijos, sus yernos y los nietos más grandes, todos alrededor del fuego, esperando que el abuelo sacara algún chorizo o una entrañita para picar.

Y cuando aparecía la tabla, comenzaba la ronda.

Un pedacito por aquí.

Otro por allá.

Y un buen tinto para acompañar.

Los hombres hablaban de todo.

Del campo, del trabajo, de los animales, de lo que había pasado durante la semana y seguramente de alguna historia que ya habían contado muchas veces, pero que siempre daba gusto volver a escuchar.

Mientras tanto, las mujeres no paraban.

Las tías y mamá iban y venían con las fuentes.

Una ensalada.

Otra fuente.

Más pan.

Más comida.

Todo se iba preparando para ese almuerzo que parecía pensado para alimentar a un ejército.

Y entre todas aquellas ensaladas había una que a mí me encantaba.

La ensalada rusa de la tía Susi.

Tenía un secreto especial: la hacía con mayonesa casera.

Y había algo que siempre me llamaba la atención:

jamás se le cortaba.

Yo no sé cuál sería su secreto, pero aquella ensalada rusa tenía un sabor que todavía recuerdo.

Después llegaba el momento más esperado.

El almuerzo.

Nos sentábamos todos como podíamos, porque éramos tantos que siempre había que encontrar algún lugar más.

Y se comía.

¡Cómo se comía!

Pero lo más lindo no era solamente la comida.

Era estar todos juntos.

Era escuchar las conversaciones.

Las risas.

Los chicos corriendo.

Los grandes hablando.

La familia reunida alrededor de una misma mesa.

Después del almuerzo llegaba el postre.

Y una vez que terminábamos de comer, cada grupo comenzaba con su propio entretenimiento.

Los hombres se juntaban para jugar al truco

Las mujeres se acomodaban para jugar a la loba

Y nosotros, los chicos, teníamos nuestras propias partidas.

Con las tías Ñati y Rosarito jugábamos a la **lotería**.

Pero no era una lotería cualquiera.

Jugábamos por golosinas.

Y allí aparecían el **ambo, el terno, la cuarta y la salida**.

Cada número podía convertirse en un premio.

Y nosotros seguíamos el juego con una seriedad que hoy me causa gracia.

Porque para nosotros aquellas golosinas eran un verdadero tesoro.

Jugábamos bajo la sombra de aquellos frondosos árboles que rodeaban el campito.

Cuando el sol aflojaba un poco y dejaba de apretar, volvíamos a la actividad.

Entonces comenzaban los juegos de todos los primos y primas.

La mancha.

El poliladrón.

Las escondidas.

Corríamos por todos lados, nos escondíamos detrás de los árboles, gritábamos, nos perseguíamos y terminábamos todos transpirados y llenos de tierra.

Éramos una banda de chicos felices.

No necesitábamos mucho.

Un campo.

Unos árboles.

Nuestros primos.

Y tiempo para jugar.

Cuando la tarde comenzaba a caer, llegaba otra vez la hora de la merienda.

Y la abuela volvía a sorprendernos.

Aparecían los buñuelos y la cascarilla

¡Qué combinación!

El aroma de la cascarilla caliente se mezclaba con el perfume de los buñuelos recién hechos.

Y mientras nosotros merendábamos, los grandes aprovechaban para seguir picando lo que había quedado del mediodía.

Porque en la casa de los abuelos nada se desperdiciaba.

Y tampoco faltaba comida.

Cuando finalmente llegaba el momento de volver a casa, el día ya estaba casi terminado.

Habíamos pasado horas juntos.

Habíamos comido, jugado, reído, corrido y escuchado historias.

Y seguramente volvíamos cansados.

Pero felices.

Hoy, cuando pienso en aquellos domingos, entiendo que teníamos algo que quizás en aquel momento no sabíamos valorar.

Teníamos familia.

Una familia enorme.

Una familia que se juntaba alrededor de una parrilla, una mesa, una baraja, una lotería o una fuente de tortas fritas.

El abuelo tenía su campito.

La abuela tenía sus ollas.

Los adultos tenían sus juegos y sus conversaciones.

Y nosotros teníamos todo un mundo para correr.

Aquellos domingos quedaron guardados en algún lugar de mi memoria donde el tiempo no pudo entrar.

Todavía puedo ver al abuelo junto a la parrilla.

A la abuela sacando una nueva tanda de tortas fritas.

A mamá y a las tías llevando fuentes.

A la tía Susi preparando aquella ensalada rusa con su mayonesa casera.

A los hombres alrededor del truco.

A las mujeres jugando a la loba.

Y a nosotros corriendo entre los árboles, esperando que alguien gritara:

—¡A la mancha!

Eran domingos sencillos.

Pero hoy sé que eran **domingos de lujo**.

Porque el verdadero lujo no estaba en lo que había sobre la mesa.

Estaba en tener a todos juntos alrededor de ella

Y eso, con los años, se convierte en uno de los tesoros más grandes que puede guardar una persona.

Los sábados eran de tía CarmelaLos sábados no había dudas.Era día de ir a la casa de tía Carmela que, como si fuera poco...
19/09/2026

Los sábados eran de tía Carmela

Los sábados no había dudas.

Era día de ir a la casa de tía Carmela que, como si fuera poco, también tenía el honor de ser mi madrina.

Salíamos bien temprano, antes de que el sol comenzara a picar fuerte. Tomábamos un camino que nosotros conocíamos de memoria y atravesábamos los campos de Altamirano, Vila y Carrizo.

Caminábamos una hora y media, a veces dos.

Pero ni se sentía.

Íbamos tan contentos que el camino parecía mucho más corto.

Éramos chicos y teníamos esa felicidad sencilla que no necesitaba demasiadas cosas: una visita, un camino de tierra, un destino querido y la seguridad de que al llegar nos esperaba alguien que nos quería con todo el corazón.

Tía Carmela había quedado viuda muy joven.

Tenía apenas veintidós años cuando el tío Tito, que trabajaba en el ferrocarril, encontró su triste destino durante unas maniobras con las locomotoras.

Un día salió a trabajar y nunca más volvió.

Carmela quedó sola.

Y nunca volvió a formar pareja.

Vivía con la pensión que le había quedado y con lo que podía producir en su pequeña chacra.

No tuvo hijos.

Por eso, sus sobrinos siempre fuimos un poco sus bebés.

Y ella nos recibía como si fuéramos sus propios hijos.

Según las fotografías de aquellos años, tía Carmela había sido una mujer hermosa, de una figura privilegiada. Pero después de enviudar dejó de cuidarse como antes.

Con los años engordó muchos kilos y aquello terminó perjudicando también su salud.

Pero había algo que no había cambiado:

su corazón.

Y también tenía una debilidad.

Le encantaban las cosas ricas.

A escondidas, muchas veces comía aquellas comidas que sabía que no le hacían bien.

Yo todavía puedo verla con su manito doblada hacia atrás, caminando por la cocina con algún pedacito de pan entre los dedos.

Y cuando había estofado...

¡Ahí aparecía el verdadero motivo de su felicidad!

Mojaba el pan en la salsita de la olla.

Y si tenía la oportunidad, mucho mejor todavía si podía llevarse alguna presa pequeña de aquella gallina bien aceitosa que había quedado en el estofado.

Era imposible retarla.

Porque uno la veía disfrutar y terminaba sonriendo.

Tía Carmela era la hermana preferida de mi mamá.

Y mi mamá también ocupaba un lugar muy especial en el corazón de Carmela.

Cuando estaban juntas, parecía que volvían a ser dos hermanas jóvenes, sin preocupaciones, compartiendo recuerdos, conversaciones y esas pequeñas cosas que solamente las hermanas pueden entender.

Y nosotros, los sobrinos, éramos felices alrededor de ellas.

¡Qué bien la pasábamos en aquella casa!

Había comidas que todavía puedo recordar con solo cerrar los ojos.

El estofado.

Los ñoquis hechos a mano.

Aquellas manos que tomaban cada pedacito de masa y, con un tenedor, les daban esa forma tan particular.

Y después venía lo mejor:

sentarse a comer.

No sé quién hacía aquel estofado.

No recuerdo todos los detalles.

Tampoco puedo explicar exactamente cómo armaban aquellos ñoquis.

Pero sí recuerdo perfectamente lo ricos que eran

Y quizás eso sea lo más importante.

Porque hay recuerdos que no necesitan tener todos los detalles para seguir vivos.

A veces basta con recordar un olor.

Un sabor.

Una voz.

Una casa.

Una persona.

O una caminata de dos horas que uno hacía feliz porque sabía que al final del camino estaba alguien que lo esperaba con amor.

Hoy, mientras cuento esta historia, pensé que iba a poder contar mucho más.

Pensé que iba a poder explicar quién hacía el estofado, cómo preparaban los ñoquis, cómo era aquella cocina y hasta dónde se sentaba cada uno.

Pero no pude.

Porque cada vez que hablo de ellas, siempre aparece una basurita en el ojo.

Y esa basurita no me deja seguir.

Quizás porque algunas personas no se recuerdan solamente con la cabeza.

Se recuerdan con el corazón.

Y cuando el corazón recuerda a quienes ya no están, las palabras se hacen más difíciles.

Me quedaron muchas cosas pendientes por contar.

Historias que todavía guardo.

Detalles que algún día volverán.

Porque hay recuerdos que necesitan tiempo para poder ser contados sin que la emoción nos gane.

Así que por hoy me quedo con aquella caminata.

Con los campos de Altamirano, Vila y Carrizo.

Con mi tía Carmela esperándonos.

Con mi mamá compartiendo con su hermana.

Con el pan mojado en la salsita.

Con los ñoquis hechos con tenedor.

Y con aquella felicidad sencilla que teníamos sin saber que algún día la íbamos a extrañar tanto.

Me quedaron cosas pendientes que después les narraré.

Por ahora, solamente puedo decirles:

Feliz sábado, gente querida.

Los quiero.

Gracias, gracias y gracias.

Las noches bajo aquel cielo¿Y qué contarles de aquellas noches?Creo que podría pasarme horas hablando de ellas y aun así...
19/09/2026

Las noches bajo aquel cielo

¿Y qué contarles de aquellas noches?

Creo que podría pasarme horas hablando de ellas y aun así sentiría que me faltan palabras para explicar lo hermosas que eran.

En casa cenábamos temprano, cuando todavía quedaban las últimas luces del sol sobre el campo. El día comenzaba a despedirse lentamente y el cielo iba cambiando de color, como si alguien apagara las luces de a poco.

Antes de que llegara la oscuridad, preparábamos todo para pasar la noche en el patio.

Para ahuyentar a los mosquitos, encendíamos b***a de vaca seca. El humo subía despacio y se mezclaba con el aire de la noche. Era algo tan común para nosotros que nunca imaginamos que muchos años después ese olor también iba a convertirse en un recuerdo.

Cuando finalmente el sol desaparecía detrás del horizonte, comenzábamos a sacar los catres.

Uno por uno, los íbamos acomodando en el patio.

Y entonces nuestra casa parecía agrandarse.

Ya no eran solamente las paredes de adobe y el techo de paja Nuestra habitación era el cielo entero.

La abuela se encargaba de algo que para nosotros era sagrado: encendía la radio.

Primero llegaban las noticias.

Nosotros quizás no entendíamos demasiado de lo que hablaban, pero la voz de la radio llenaba aquel silencio del campo y parecía acompañarnos.

Y después llegaba el momento que esperábamos:

el radioteatro.

¡Qué tiempos aquellos!

Nos quedábamos escuchando las historias, atentos a cada palabra, imaginando en nuestra cabeza los personajes, las casas, los caminos y todo aquello que solamente existía en la voz de los actores.

No había televisión.

No hacía falta.

La radio nos hacía soñar.

Y mientras escuchábamos el radioteatro, arriba nuestro comenzaba otro espectáculo.

El cielo.

¡Qué cielo!

Miles y miles de estrellas parecían haber sido encendidas especialmente para nosotros.

Y entre ellas aparecían los cientos de bichitos de luz, pequeños puntitos luminosos que volaban alrededor del patio y parecían confundirse con las estrellas.

A veces uno levantaba la mirada y ya no sabía qué estaba arriba y qué estaba abajo.

Era como si el cielo hubiera bajado hasta nuestro patio.

Y entonces comenzaba otro de nuestros juegos.

—¡A ver quién encuentra primero el satélite!

Nos quedábamos mirando hacia arriba, buscando aquella pequeña estrellita que se movía lentamente entre todas las demás.

Cuando alguno la encontraba, gritaba:

—¡Ahí está!

Y todos mirábamos hacia el mismo lugar para intentar descubrirla antes de que desapareciera.

También esperábamos las estrellas fugaces.

De repente, una línea de luz cruzaba el cielo.

Era apenas un instante.

Una pequeña raya brillante que aparecía de la nada y se perdía en la oscuridad.

Y nosotros quedábamos mirando hacia arriba, esperando que apareciera otra.

La luna también era parte de nuestras noches.

¡Qué hermosa era aquella luna!

Algunas noches parecía enorme y tan cercana que uno sentía que podía tocarla desde el catre.

Y mientras nosotros mirábamos hacia arriba, el campo comenzaba a cantar.

Primero aparecían los grillos.

Después las ranas.

Los sapos respondían desde algún lugar lejano.

Y, de vez en cuando, se escuchaba el canto de algún gallo.

Después de las doce comenzaban a cantar desde tan lejos que parecía que la noche misma les llevaba la voz.

Eran sonidos que llegaban desde distintos rincones del campo.

Tan lejos y, al mismo tiempo, tan cerca.

Y había otro sonido que siempre me quedó grabado.

Ese canto particular, insistente y dulce, **como de enamorado**.

Parecía que cada animal tenía algo que decirle a otro.

Todos cantaban.

Los grillos, las ranas, los sapos, los gallos...

Y nosotros escuchábamos.

Hoy, cuando recuerdo aquellas noches, pienso que éramos unos privilegiados y no lo sabíamos.

No teníamos grandes comodidades.

No teníamos televisión.

No teníamos las cosas que hoy parecen indispensables.

Pero teníamos algo que ninguna comodidad puede reemplazar:

**teníamos un cielo entero sobre nuestras cabezas.**

Teníamos la radio de la abuela.

Teníamos los catres en el patio.

Teníamos la luna.

Las estrellas.

Los bichitos de luz.

Las estrellas fugaces.

Y teníamos aquella maravillosa orquesta del campo que comenzaba a tocar cuando todos los demás se iban a dormir.

A veces pienso que si pudiera volver una sola noche a mi infancia, no pediría grandes cosas.

No pediría riquezas.

No pediría una casa diferente.

No pediría nada de lo que entonces no teníamos.

Solamente pediría volver a acostarme en aquel catre, mirar el cielo y escuchar nuevamente todos aquellos sonidos.

Volver a escuchar la radio de la abuela.

Volver a mirar los bichitos de luz.

Volver a buscar el satélite.

Volver a esperar una estrella fugaz.

Y escuchar, una vez más, aquel canto de enamorado perdido entre los árboles.

Porque esas noches se fueron.

La infancia pasó.

La gente creció y tomó distintos caminos.

Pero hay recuerdos que el tiempo no puede llevarse.

Y aquellas noches siguen viviendo dentro mío.

Cada vez que miro un cielo lleno de estrellas, una parte de aquel niño vuelve a acostarse sobre aquel catre y se queda mirando hacia arriba.

El fogón de mi madreCuando llegaban las vacaciones, los fines de semana o algún feriado, nuestra vida cambiaba.Ya no hab...
18/09/2026

El fogón de mi madre

Cuando llegaban las vacaciones, los fines de semana o algún feriado, nuestra vida cambiaba.

Ya no había que levantarse temprano para emprender el largo camino hacia la escuela. Podíamos quedarnos en casa todo el día, correr por el patio, jugar entre los árboles y disfrutar de aquellas horas que, siendo chicos, parecían no tener principio ni final.

Pero si hay un recuerdo que quedó para siempre en mi memoria, es el del fogón de mi madre

Aquel fogón era mucho más que un lugar donde se cocinaba.

Era el corazón de nuestra casa.

Allí estaba la olla de tres patas, siempre firme sobre el fuego, ennegrecida por los años y por el hollín. A un costado descansaba la pava, también negra, marcada por el humo y por tantas horas junto a las brasas.

Todo tenía ese color oscuro que dejaba el fuego.

Las ollas, la pava, los hierros, algunas herramientas... hasta nuestras manos y nuestras caras terminaban alguna vez con una pequeña señal de aquel humo.

Y qué lindo era ese humo.

Hoy parece extraño decirlo, pero para mí aquel olor sigue siendo uno de los perfumes más hermosos de mi infancia.

La leña comenzaba a arder y, poco a poco, las brasas iban tomando ese color rojizo que anunciaba que la comida estaba en camino.

Mi madre se acercaba al fogón y comenzaba a preparar sus guisos.

No sé qué tenían aquellos guisos.

Quizás era la leña.

Quizás la olla de tres patas.

Quizás el aire del campo.

O quizás era simplemente la mano de mi madre

Porque por más que uno intente repetir una receta, hay sabores que no vuelven.

Ella sabía transformar lo que había en la casa en una comida que alcanzaba para todos.

Y mientras el guiso se cocinaba lentamente, nosotros andábamos alrededor del fogón, entrando y saliendo, jugando, peleando por alguna pavada y volviendo a juntarnos como si nada hubiera pasado.

De vez en cuando alguno preguntaba:

—¿Ya está la comida?

Y mi madre, sin dejar de revolver, seguramente nos decía que todavía faltaba.

Entonces seguíamos jugando.

El aroma comenzaba a recorrer el patio.

Primero era apenas un olorcito.

Después se hacía más intenso.

Y finalmente llegaba ese momento en que todos sabíamos que ya estaba listo.

No hacía falta que nadie nos llamara dos veces.

Éramos seis hermanos y, cuando aparecía la comida, todos encontrábamos rápidamente nuestro lugar.

Aquellas comidas no tenían lujos.

No había vajilla elegante ni mesas grandes.

Pero había algo mucho más importante: había hambre, había familia y había una madre que había cocinado pensando en todos nosotros.

Comíamos juntos.

Y quizás sin darnos cuenta, estábamos viviendo algunos de los momentos más felices de nuestra infancia.

El fogón seguía encendido mientras avanzaba la tarde.

La pava permanecía a un costado, esperando el momento de volver a hervir.

El humo subía lentamente y se perdía entre las ramas de los árboles.

El patio se llenaba de voces.

Y nosotros seguíamos siendo chicos, sin saber que algún día íbamos a extrañar profundamente todo aquello.

Porque uno de los misterios de la vida es que muchas veces no sabemos que estamos viviendo momentos inolvidables hasta que se convierten en recuerdos.

Hoy puedo cerrar los ojos y volver a aquel patio.

Puedo imaginar la olla de tres patas sobre el fuego.

Puedo ver la pava negra por el hollín.

Puedo sentir el olor de la leña quemándose.

Puedo escuchar las voces de mis hermanos.

Y, por un instante, puedo volver a ver a mi madre junto al fogón, revolviendo lentamente aquel guiso que preparaba con tanto amor.

Hasta el día de hoy extraño esos guisos.

No solamente por su sabor.

Los extraño porque tenían el sabor de mi infancia.

Tenían el sabor de mi casa.

Tenían el sabor de una época en la que éramos todos juntos y todavía no sabíamos que algún día el tiempo iba a llevarnos por caminos diferentes.

Y quizás por eso, cuando alguna vez siento el olor de la leña quemándose, algo dentro mío se despierta.

No es solamente un olor.

Es un recuerdo.

Es mi madre.

Es mi rancho.

Es mi infancia.

Es aquel patio de tierra.

Es la olla de tres patas.

Y es la certeza de que hay sabores que, aunque pasen los años, el corazón nunca deja de extrañar.

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